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Si el lector tiene la oportunidad de viajar al este de Europa, probablemente encuentre muchas ocasiones de verse envuelto en la atmosfera mágica de las tierras que vieron nacer epidemias de vampirismo y licantropía que sembraron el terror desde la Edad Media hasta comienzos del siglo XIX. Pisará un mundo sacudido por viejas supersticiones y relatos de extrañas hechicerías, un territorio donde han entrado en conflicto culturas y religiones desde la más remota antiguedad y cuyas consecuencias aún sacuden Serbia, Bosnia, Albania o Macedonia. Tendrá la extraña sensación de que, bajo una aparente sensación de modernidad y actualidad, confluye un pasado inquietante y poco conocido que ha influido, de modo callado, sobre la Europa occidental.

En tierras búlgaras el viajero se encuentra con un sorprendente folklore de cuentos y leyendas cuyos protagonistas son Dios y su hijo, el diablo, empeñados en una lucha sin cuartel. Se trata de historias en las que este último detenta el poder creador, tanto del mundo como del género humano, de relatos impregnados de dualismo, la corriente de pensamiento que afirma la existencia en el Universo de dos fuerzas antagónicas en lucha perpetua. Y es que, tras una aparente confesionalidad ortodoxa, católica, protestante o musulmana, muchos búlgaros guardan lo esencial de las enseñanzas de los iniciados de una secta que prendió en el corazón de los Balcanes y que se extendió por Europa como una mancha de aceite: los . Durante siglos, comunidades y ciudades enteras se declararon abiertamente bogomilas hasta que las violentas persecuciones de ortodoxos, católicos y musulmanes les obligaron a «convertirse» y guardar las apariencias. Pero el pasado no se borra fácilmente. Viajando hacia la región de Voden encontramos la ciudad de Kotugeri. En la región de Kustendil nos topamos, asimismo, con la ciudad de Kutugerci. Ambas llevan el nombre por el cual se conocía a los en aquella zona: kutuger, una denominación que recuerda inmediatamente a la de cátaros. Continuamos viaje hacia el sur, hacia la Macedonia central, en la región de Véles, patria de los babuni hasta una montaña en la que hallamos un río y una ciudad que, al igual que el monte, lleva otro de los nombres con los que se denominaba a los herejes: Babuna. No muy lejos podemos visitar la villa de Bogomila y, un poco más adelante, llegaremos a la región de los torberí, algunos de cuyos componentes, «convertidos» al catolicismo, viven actualmente en la Albania del norte.

Nos detenemos ahora en Bosnia, donde el bogomilismo llegó a ser de estado. Ciertos cementerios antiguos sorprenden al viajero con las más extrañas piedras sepulcrales que haya visto nunca. No hay cruces, sino representaciones del , viñas o figuras de hombres con los brazos abiertos: enterramientos bogomilos.

La herejía búlgara

Los bogomilos están directamente emparentados con una secta cristiana que predicaba un dualismo radical heredado de la religión maniquea: el paulicianismo. Los paulicianos sostenían que el nacimiento de Jesús fue una mera apariencia y rechazaban a los profetas, al Antiguo Testamento y a las epístolas de Pedro, que había renegado de Cristo. Negaban el culto a la Virgen, a los santos, a la cruz, a los iconos y a los sacramentos. En el siglo IX, los paulicianos del Eúfrates fueron deportados en masa a Bulgaria, donde la secta se extendió rápidamente e influyó profundamente en el surgimiento del bogomilismo, con el que a menudo fue confundido. En la capital, Sofía, los herejes tenían sus propias iglesias y sacerdotes. Más al sur, en la bella ciudad de Plovdiv, donde poseían un , podemos visitar el barrio pauliciano. Saliendo a las afueras encontramos muchas ciudades que se califican a sí mismas como paulicianas y en las que sus ciudadanos son llamados también «los paulicianos» ipa likeni. Viajando hacia el norte, en la región de Tarnovo, encontramos la ciudad de Pavlikeni y, no muy lejos de allí, en la región de Lovec, topamos con las ciudades «ortodoxas» de Dolno-Pavlikeni y Gomo-Pavlikeni. Merece la pena detenerse en esta última y visitar las piedras sepulcrales donde de nuevo se nota la ausencia de cruces. Son enterramientos paulicianos y bogomilos.

Pero la herejía no es algo olvidado. Sin salir de la región, conviene visitar el pueblecito de Izgrev. Allí, desde 1910 y hasta su ejecución por los , un hombre empeñado en sacar de nuevo a la luz las enseñanzas bogomilas, Peter Deunov, reunía a un grupo de discípulos. La comunidad se dedicaba a ejercicios gimnásticos, meditaciones y cantos. Desde el primer día de primavera hasta el último de otoño, la congregación salía cada mañana para saludar al Sol. Durante 22 años, Deunov estuvo instruyendo a la población de Izgrev.

En estas mismas tierras nació otra secta dualista que muchos autores medievales identificaron con el bogomilismo y que contribuyó a su surgimiento: el mesalianismo. Vestidos con un traje negro de monje, los adeptos mesalianos eran iniciados en la doctrina secreta, los misterios y las visiones de los predicadores. Luego se echaban en grupos a las calles y rezaban para combatir a los demonios que infectaban el aire, hasta caer en trances visionarios durante los cuales profetizaban. La Santa Trinidad de los mesalianos consistía en Dios Padre, su primogénito -el demoniaco Satanaél. amo del mundo material- y su segundo hijo, Jesús, regente del mundo celeste. Bogomilos, paulicianos y mesalianos fueron los integrantes de la temible «herejía búlgara», un crisol de sectas dualistas que acabarían siendo englobadas bajo el término de bogomilos.

Secta de agitadores

Estas mismas tierras búlgaras acogieron en el siglo X a un misterioso monje, el pope Bogomil, del que nada se sabe a ciencia cierta y de quien deriva el nombre de la secta, cuyo significado último es «amigos de Dios». El poder de los «herejes búlgaros» fue tal que llegaron a formar estados a los que la misma Bizancio pagaba impuestos. En la propia capital del Imperio bizantino, Constantinopla, hubo iconoclastas paulicianos y bogomilos, que llegaron a sublevarse contra el clero ortodoxo y a profanar los iconos de la Virgen, aunque muchos bogornilos fueron quemados vivos allí, entre ellos su jefe, Basilio, que pereció en el hipódromo de la ciudad.

En una tierra cuya población estaba oprimida por los impuestos, el bogomilismo prendió como la pólvora. El estado, incluidos los señores feudales, el rey y la iglesia oficial, fueron considerados como la obra de Satanael, provocando una reacción social sin precedentes en la Edad Media. Los predicadores bogomilos incitaban a siervos y esclavos a dejar de trabajar para sus señores. Las persecuciones a las que se vio sometida la «herejía búlgara» tuvieron más razones políticas que religiosas.

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Anda suelto Satanás

La visión pesimista de la sociedad que exhibían los bogomilos era una consecuencia directa de su cosmogonia. El hijo primogénito de Dios Padre, Satanael, recorrió el Universo hasta sus más bajos confines y envidió el reino de su padre. Cuando ascendió de nuevo, se rebeló contra él. Fue despojado de su carácter celeste y arrojado del cielo. Decidió entonces, secundado por miriadas de ángeles rebeldes, crear su propio reino. La creación en siete días narrada en el Génesis no sería sino obra suya. Tras crear la Tierra, el Sol, la Luna, los vegetales y los animales, concibió el plan de crear al ser humano. Para mantener al hombre bajo su imperio, Satanaél dio las tablas de la ley a Moisés. Con la misma misión envió a Elías. Así se ha perpetuado el orden civil y religioso que ha tenido al hombre sometido bajo el poder de los demonios.

Dios Padre se apiadó de la humanidad y envió a uno de sus ángeles, Maria, para que recibiera a su otro hijo, Jesús, quien penetró por el oído de María y se revistió con una forma humana pero inmaterial (una doctrina conocida como «fantasiasmo», adoptada por muchos gnósticos). Por su parte, Satanael envió a su demonio Elías bajo la forma de Juan Bautista, para apartar a las gentes del verdadero bautismo, el del Espíritu Santo, sustituyéndolo por el bautismo de agua, considerado por los bogomilos como una farsa satánica. Satanael consiguió al fin que Jesús fuera crucificado, pero éste sólo murió en apariencia y volverá para juzgar a la humanidad. Satanael, que perdió su partícula divina «el» para llamarse Satán, arderá con los pecadores y el mundo que creó será consumido por las llamas hasta desaparecer. Hasta que eso ocurra, según algunas sectas bogomilas, el alma de los pecadores más leves conocerá un sinfín de reencarnaciones hasta su purificación final.

El camino de los perfectos

Quienes profesaban este credo se llamaban a si mismos «verdaderos cristianos» y se constituían en iglesias. No poseían templos, pues los consideraban poblados por los demonios. Según la creencia bogomila, el mismo Satanaél habitó el de Jerusalén, tras el cual se instaló en la catedral de Santa Sofía en Constantinopla.

Los miembros de las comunidades bogomilas se dividían en dos agrupaciones bien diferenciadas. La primera estaba formada por los «perfectos», los «elegidos», hombres y mujeres iniciados en los misterios y portadores del ideal bogomilo. Vestidos con hábitos negros, encapuchados y dedicados a una vida ascética de oración y contemplación, los «elegidos» despreciaban el cuerpo, al que consideraban una creación satánica. Para ellos, los niños apenas tenían ningún componente espiritual y cuando veían a una mujer embarazada, afirmaban:  «Lleva un demonio dentro». Traer nuevas almas al mundo era perpetuar la obra satánica. Seguían una estricta dieta vegetariana, complementada con largos ayunos. Se abstenían de matar vida alguna y sólo comían vegetales y pescados, ya que éstos se reproducían sin cópula. De entre ellos salía su propio clero, organizado en una jerarquía de diáconos, sacerdotes y obispos (el djado Vladika, «anciano» o «abuelo», como aún se le denomina en Bulgaria). Los bogomilos búlgaros tenían también la figura de un Papa, jefe supremo de su iglesia.

El segundo grupo lo constituía la masa de los creyentes. Compartían los bienes, utilizaban los fondos comunes para alimentar a los pobres y a los “perfectos” y cuando uno de ellos enfermaba, a menudo hacía la promesa de convertirse en «perfecto» y, tras una dura abstinencia y después de renunciar a cónyuge, hijos y bienes, recibía el Espíritu Santo por la imposición de manos de un «perfecto». Sus enemigos aseguran que algunos recurrían al suicidio o eran asfixiados con la almohada, en su lecho, para ganar el cielo.

La liturgia bogomila era muy sencilla. Negaban el poder de la misa y de los sacramentos cristianos. Especial repugnancia les producía la cruz, por ser el instrumento de tortura de Jesús.

Negaban que Cristo hubiera realizado milagros, considerando que el Evangelio habla alegóricamente de la enfermedad y la ceguera del alma de los pecadores. El culto a las reliquias de los santos les parecía absurdo. Pensaban que el cuerpo era una creación de Satán y que en los cementerios moraban los demonios. Por la misma razón negaban la resurrección de los cuerpos.

Las dos tendencias más poderosas de la «herejía búlgara» estaban integradas en dos «órdenes» bien diferenciadas; el orden o iglesia búlgara, partidaria de un dualismo mitigado y del bogomilismo más puro, y el orden o iglesia dragovitsiano (Feclesia Drugometiae), máximo exponente de un dualismo radical con posturas muy cercanas a las de los paulicianos. Muchos bogomilos acabaron acercándose a las religiones de los pueblos dominadores del momento. Abrazaron la fe católica, la ortodoxa o la musulmana, pero conservando sus creencias dualistas. Incluso hubo bogomilos infiltrados entre los monjes ortodoxos de los célebres monasterios del monte Athos.

Viajando hacia Albania encontraremos a muchas poblaciones que se confiesan musulmanas. Sin embargo, un examen más atento nos revelará que en realidad profesan una mezcla de Islam y dualismo que delata su auténtico origen bogomilo.

catarosEl origen de los cátaros

En Occidente los misioneros bogomilos llevaron su doctrina a Praga en cuya universidad se estudiaron sus postulados con inusitado interés. Encontraron seguidores en Alemania, donde fueron conocidos como ketzers. En Italia, después de haber evangelizado la Panonia, hallaron terreno abonado ya que en el siglo VIII se habían asentado en Sicilia armenios paulicianos deportados. Pocos años después, bajo su jefe espiritual, Djakonica, la comunidad pauliciana en Italia alcanzó grandes proporciones. Numerosos predicadores del orden búlgaro y del orden dragovitsiano viajaron a Occidente. El dualismo mitigado, propagado por los bogomilos de la iglesia búlgara, especialmente por los bogomilos bosnios, conocidos allí como patarinos, arraigó con tremenda fuerza en el norte de Italia, donde dieron origen al catarismo italiano. En Verona, Turin y otras ciudades adquirieron proporciones alarmantes para la Iglesia católica.

Las comunidades italianas fueron vitales para la expansión de la herejía por el sur de Francia, Occitania y Languedoc, donde la población e incluso los grandes señores y buena parte del clero adoptaron las doctrinas del dualismo radical llevadas allí por los representantes del orden dragovitsiano. Estos herejes, que fueron denominados al principio patarinos, búlgaros, maniqueos, paulicianos o publicanos, empezaron a ser llamados cátaros, «los puros».
A partir de este momento el nombre de «bogomilo» cayó en desuso, pero su ideología se transformó con una vitalidad sorprendente y reapareció continuamente como una corriente oculta en la historia de Europa. Dejaron encendida una antorcha cuyos destellos se ven en los movimientos valdenses y albigenses; en la reforma protestante; en la filosofía cartesiana o en filósofos contemporáneos como Henri Bergson. Se vislumbra incluso en la concepción dualista radical de los nacionalsocialistas: un Universo concebido como un dantesco campo de batalla entre dos principios irreconciliables:  Luz y Oscuridad.

Por Francisco Javier Arries – Año Cero. Abril 1999