hombrepez

 

Francisco Cabrera / LES

La marcada historia de la ciudad de Cádiz y su provincia hace que nos perdamos en una gran infinidad de datos y fechas históricas que recalcan los distintos períodos por los que ha pasado esta ciudad. Sabemos de antemano que en Cádiz existen multitud de hallazgos arqueológicos que nos hablan de un esplendoroso pasado sin dejar de lado los fuertes y terribles hechos que hicieron esta historia. Es pues evidente que Cádiz tuvo con grandes dioses, grandes creencias, importantes sistemas socio-políticos y sobre todo la vida popular religiosa.

Pero aparte de todo esto existen, además, pequeños acontecimien­tos, «otras historias» que rozan la leyenda. Estos acontecimientos «enigmáticos» no se han conocido por restos arqueoló­gicos, ni aparecen en los grandes libros de historia ni siquiera a través de la tradiciones del pueblo gaditano. Estos acontecimientos son pequeñas anéc­dotas que casi pueden pasar inadvertidas.

Algunas de estas pequeñas historias son las que trataré a continuación. Es un tema que algunos historiadores antiguos lo anotaron a modo de curiosi­dad. Se trata de la leyenda histórica del . Un ser medio mítico, medio real que fue avistado por algunos pescadores de la bahía.

Antecedentes del Hombre-Pez

Nos narra el historiador la aparición en la zona del océano gaditano de un “hombre marino” cuyo cuerpo era enteramente humano. lo oyó comentar a unos caballeros romanos que fueron testigos oculares del suceso.

Otro caso es referido por M. Larrei en su Historia de Inglaterra en la que cuenta que fue pescado un hombre marino en el año 1187 y más tarde presentado al Gobernador de Oxford. El Gobernador lo mantuvo en su casa durante seis meses. Posiblemente realizando tareas como esclavo o sirviendo como elemento de análisis o experimentos.

Pasados los seis meses el hombre-pez encontró una ocasión para volverse al mar, donde desapareció para siempre. No lo volvieron a ver más.

El Caso de

Pero el caso más documen­tado ocurrido por esta geogra­fía fue el del hombre-pez de Liérganes.

Liérganes es un pueblo de Santander. Allí vivían Fran­cisco de la Vega y María del Casar, su esposa. De esta unión nacieron cuatro hijos, uno de ellos, Francisco, protagonizaría uno de los sucesos más curiosos de nuestra geografía.

Cuando María del Casar quedó viuda envió a su hijo Francisco a la por entonces villa de Bilbao, para aprender el oficio de carpintero, entonces Francisco tenía 15 años. Esto ocurría en el año 1674.

Un buen día, la víspera del día de San Juan se fue junto con sus compañeros a bañarse a la ría de dicha villa. A Francisco le fascinaba la pesca y disfrutaba mientras nadaba. Pero ese día comenzó a nadar ría abajo hasta que sus compañeros lo perdieron de vista. Los compañeros notaron su tardanza y comenzaron a inquietarse pensando que podría haberse ahogado. Corrieron de inmediato a contarlo al maestro del taller y éste a su vez, a su madre María, que lloró desconsolada. Al no aparecer le dieron por muerto.

Hasta aquí la trágica historia parece normal, pero realmente no es así.

En 1679, un grupo de pescadores gaditanos vieron aparecer por las aguas, sumergiéndose en ellas a su voluntad y con recreo lo que parecía ser la figura de un hombre. Los pescadores en su curiosidad quisieron acercarse, pero el hombre-pez desapareció rápidamente. Este suceso lo contaron al llegar a tierra los pescadores y la curiosidad fue en aumento, tal que un día decidieron buscarlo y cap­turarlo. Así, se hicieron con una red que lo circundase y arrojándole pedazos de pan vieron que el hombre-pez los cogía y los comía, de esta manera lo arrastraron hasta una barca donde pudieron atraparlo y llevarlo a tierra.

Lo observaron detenidamen­te y vieron que su constitución era humana, normal. Intentaron hablarle en diversas lenguas pero no respondió a ninguna de ellas. Luego se lo llevaron al convento de San Francisco, en la plaza del mismo nombre, donde lo conjuraron por si tuviese algún «espíritu maligno». Pero eso tampoco bastó para hacerle hablar.

Pasaron pues algunos días, durante los cuales no respondía a nada. Pero de repente su voz dejó esclarecer una palabra: “Liérganes”. Los que allí estaban, sorprendidos, no sabían su significado a excepción de un mozo que resaltó que era de dicho lugar de Santander y que se hallaba en Cádiz trabajando.

A partir de este momento se comenzó a investigar sobre su paradero y familia.

Don Domingo de la Cantol­la, secretario por entonces de la Suprema Inquisición, se hizo con el caso. Este mismo señor hizo un comunicado al pueblo de Liérganes, por si hubiese ocurrido algo «anormal» por allí. Tan sólo María del Casar recalcó que su hijo desapareció en la ría de Bilbao hace unos cinco años, pero que lo dieron por muerto.

En esos momentos se hallaba en el convento antes citado un religioso de la orden en una misión postulatoria. Fr. Juan Rosende, y enterado de la parte donde caía Liérganes, donde le pillaba de paso, decidió llevarlo consigo en su postulación.

Cuando los dos estaban cerca de Liérganes en un monte llamado La Dehesa, el religioso le dijo al mozo que fuese delante guiando, lo que hizo al dedilllo, como si conociese la zona, llegando hasta la casa de María del Casar. María al verle entrar reconoció inmediatamente y con gran regocijo a su hijo Francisco, así como sus hermanos que también estaban en la casa. Pero Francisco ni se inmutaba, no mostraba ninguna emoción.

Fr. Juan Rosende dejó al mozo en casa de su madre donde estubo nueve años de manera que nada le inmutaba, ni tampoco hablaba más que algunas palabras como tabaco, pan, vino, pero sin propósito de usarlos. Si se le preguntaba si quería algo no respondía, sin embargo al ofrecerle algo de comer lo tomaba y comía con exceso por algunos días, después pasaban otros tantos días sin tomar nada.

Una connotación peculiar fue la de que Francisco tenía gran puntualidad. Virtud que aprovecharon. Si alguno le mandaba llevar algún papel de un pueblo a otro, este lo hacía con enorme puntualidad.

En una ocasión, un sujeto del pueblo lo envió a Santander con un papel para otro sujeto, teniendo que pasar obligatoria­mente por la ría que tenía más de una legua de ancha (algo más de 5000 metros). Buscó una barca en el sitio de Pedreña, y no hallando allí ninguna, se echó al agua y salió en el muelle de Santander, donde le vieron muchos mojado, junto con el papel.

En la descripción que hicieron de él lo describen como un hombre de estatura de unos seis pies, bien formado, de pelo rojo corto, las uñas gastadas por el salitre y siempre andaba descalzo.

Dicen algunos autores que tenía escamas aún cuando lo llevaron a Liérganes. Algunas de estas escamas sobre el espinazo y como una cinta de ellas desde la nuez hasta el estómago. Pero poco a poco se les fueron cayendo.

Después de estar nueve años, se volvió a perder de vista sin saber nada ya de él.

Estas son algunas de las historias que ciertos autores nos han contado sobre hechos tan curiosos ocurridos en nuestro país.

© La Otra Realidad No 1. Abril de 1993