Sabemos que en este planeta ocurren fenómenos extraños, algunas veces son explicables y otras no tanto. Revolviéndonos en la hemeroteca descubrimos este interesante reportaje aparecido en el diario El Español (no el actual) el 28 de julio de 1945 en su edición número 144.

Por José de las Cuevas

Un día sí y otro no arde un apero, una prenda de ropa blanca o una mies espigada, casi a punto de segarse, en Laroya, un pueblecito de Almería. Lo mejor es que este fuego inesperado no tiene explicación científica posible o, por lo menos, no la tiene a la hora en que escribo estas cuartillas. Naturalmente, a los humanos, desengañados ya de los manes científicos, según la usadísima confesión de Ortega, nos produce cierta inexcusable satisfacción saber que aún existen fenómenos en la tierra que se producen sin el previo permiso de sabios y técnicos.
Cuando salimos de Diezma nos sorprende el primer oleaje de la Alpujarra, un oleaje de tierra negra, áspera, torva. De Baza seguimos la carretera hacia la estación de Mijate, al par del tren y el Almanzora, hasta llegar a Purchena. En Purchena, hace ya algunos años, no había carretera, ni teléfono, ni telégrafo hacia Laroya; pero a fuera de recomendaciones, un mulo y un carro de cantero, era posible llegar con nuestros bártulos cerca de las encinas y los patatares de Laroya. La cosa es que, alcanzable o inalcanzable, este pueblecito diminuto ha conmovido las mesas de redacción de toda España. Y en ellas surgió una madrugada la palabra decisiva para definir este fenómeno: «lluvia de fuego». Es bonito el nombre: «lluvia de fuego», y después lo hemos seguido manteniendo, aunque posteriores investigaciones nos adviertan que esta lluvia parte del suelo y no tiene nada que ver con las nubes. Sea como sea, celeste o terrestre, creo ha llegado la ocasión de recordar las numerosas lluvias legendarias que han caído en el enorme y desolado mundo desde que el vapor sube todos los mediodías. Ninguna de ellas, lluvia de fuego, de sangre, de peces, de ranas o de sapos, más fabulosa, hoy, que la del agua de verdad, sencilla y tranquila, que es la que no cae de ninguna manera.
De creer a los libros, hace ciento ochenta y tres años –antes de Jesucristo– llovió sangre por la vieja Cartago. A los seis meses, Aníbal injería el veneno que llevaba oculto en el cañón de una pluma. El año 31 llovió también sangre sobre el Africa. En septiembre, Octavio tenía anclada su escuadra en el Epiro; Marco Antonio, en la costa de enfrente, la Arcacanía, a la entrada del golfo de Ambracia: las setenta galeras egipcias y, en el centro, la nave almirante de Cleopatra, con las velas de púrpura auténtica. El 30, Marco Antonio se quitaba la coraza para meterse la espada por el hígado, a las puertas de Alejandría. Y ya agosto, la luna llena sobre los palacios, Cleopatra hacía entrar a su huertero en su cámara real, con el áspid sobre las primeras uvas y el rocío de las cerezas. Ella esperaba, con su traje de ceremonias, tendida en su lecho de oro, oro pálido y suave como el iris de las uñas.
Después, el año 48, las nubes volvieron a traer sangre a Roma. Unos años más tarde, sólo unos años, Agripina daba a comer unas setas recién cortadas del bosque, a Claudio Druso, luego de un plato de becafigos y zorzales, asados con aceitunas nuevas. Claudio padecía mucho del estómago y los vómitos le estropeaban comida tras comida. Uno de estos vómitos a tiempo le salvó. Pero Agripina no hacía las cosas a medias; además, le acuciaban los presagios de los astrólogos que escuchaban avanzar al invierno sobre el imperio de su hijo. Estábamos en octubre. Un médico llamado con urgencia le introdujo en la garganta una pluma impregnada de sutil veneno, según Duruy. Tan sutil, que Claudio dobló su hermoso cuello de emperador de camafeo. Nos lo figuramos, con su bello pelo blanco sobre la frente sudorosa, después de una agonía dura, quieto ya para siempre, casi al amanecer, la aurora violeta sobre los mármoles. Sin embargo, entonces un emperador no se nos iba así como así. Aquella noche corrió el cielo oscuro una estrella de rabo fulgurante, y a la madrugada los campesinos vieron caer un rayo sobre la lápida de Druso; además, expiraron, uno detrás de otro, todos los magistrados de Roma; así, al menos, nos lo afirma Suetonio.
En 1551 llovió otra vez sangre sobre los techos de Lisboa, los techos más dorados del mundo. Gheyselinck recuerda haber contemplado una lluvia de sangre en 1926, en el Norte de Italia. «No era otra cosa -nos dice muy seguro- que la precipitación de las lluvias, de polvo de hierro, color rojo pardo, traído por el viento desde el Norte de Africa. Pero las gentes sencillas creyeron ver en ello una advertencia celeste de futuras desgracias.»
¿Pero cómo explica la ciencia actual estos periódicos y fatales desangres atmosféricos?
Existen dos teorías distintas. Una, sobre la nieve coloreada. Mientras más alto cosechemos la nieve, más blanca nos parece. En cambio, en las regiones inferiores, la nieve toma un matiz azul, casi como la leche. El Sr. Martins nos hace notar cómo puestas en contacto dos capas de nieve, ésta se hace más compacta y más intensa su coloración. Cuando la nieve atraviesa determinadas condiciones atmosféricas, puede adquirir la tonalidad roja. Recordemos, aunque de origen bien distinto, la nevada negra del valle de Emmenthal (enero de 1911): primero, gris ceniza; luego más opaca, hasta volverse negra.
Otra teoría, más justa quizá, es la de los infusorios. Monsieur Saussure fue el primero que vio picos de los Alpes de color naranja. Pero el Sr. Schutteworther, en su casa de Berme, fue quién dio la explicación clara. La nieve grana o la lluvia de sangre era producida por la caída en cifras astronómicas, de animales infusorios que flotan en el aire, pertenecientes a los géneros «Astasía», «Gyges», «Pandorina», «Mines», y de algas y esporos microscópicos, entre ellos el «Protococus Nivalis y subulosus» o el «Hematococus sanguineus», etc., etc.
No está mal la hipótesis, sobre todo porque no sabemos, al final, qué es más milagroso: si la lluvia de sangre verdadera o la lluvia de millones y millones de animalitos imperceptibles.
Quizá, a pesar de todo, la sangre sea demasiado leve. Muchas lluvias más extrañas y temibles han galopado sobre la tierra. Todas ellas se comentan estremecidamente en un libro fabuloso publicado en Basilea allá por 1557, por Teobaldo Wolffer, que escribió con el seudónimo de Conrado Lycosthenes, desde la Universidad de Heidelberg, entre los almendros y las clases de Zacarías Ursinus.
Cuéntase en él, por ejemplo, cómo en el 53, antes de Jesucristo, llovió leche sobre Palestina. En una ciudad alemana, cerca de Heidelberg, por cierto, llovió una noche turbantes blancos, pero no se señala si de seda o de lino puro, ese lino que, a decir Plinio, no ardía nunca. Así son de incompletos estos libros maravillosos. En Italia llovió otra vez cruces, cruces pequeñas de cristal dorado, que caían en el suelo, con un ruido de campanas diminutas. Nada, sin embargo, como la lluvia de Witzitz (1587), una lluvia de armas, lanzas, espadas, alabardas reverberantes, en el silencio de la noche oscura.
Y aquí entramos en lo que yo llamo «tormentas afortunadas». «Durante el reinado de Otón III –copio textualmente– hubo sobre el país una copiosa .» Según Lycosthenes, fueron peces helados entre el frío de la lluvia, boquiabiertos y espirituosos como la mojama. Cubrieron las calles de una aldea y muchos retornaron al mar vivos, de donde habían salido.
Por otra parte, han sido muy frecuentes las lluvias de peces en la Historia. Parece que el cielo gusta de pastorear estas manadas trashumantes, que van desde las dehesas submarinas a los rastrojos reales. Escribe M. Vital Masón que en una villa del Loire inferior vio el mismo, una noche de 1820, un chaparrón de peces de unos dos centímetros de largo. En el mismo año y en el mismo departamento apareció una mañana una superficie de 400 pasos cubierta por una bandada de peces. En Escocia llovió un invierno arenques frescos, y por los viajeros sabemos el asombro de una de estas tormentas misteriosas en pleno Sahara. «Caían de las nubes, como debieron llegar las codornices del Exodo. No estaban, además, podridos del todo, y pudimos cenar pescado frito a muchos kilómetros del mar.»
Pero el «record» de la lluvia de peces lo tiene la noche de febrero de 1838 en las callecitas de Klausenburg, en Transylvania. Desde la puesta del , una tormenta había surgido por encima de la ciudad. En la madrugada, al filo de las dos, llovió peces, peces grandes –un decímetro en canal– sobre los tejados, los canalones, las chimeneas que rezumaban agua. Conservo aún, entre mis viejos papeles, un grabado antiguo, amarillo y francés por añadidura, de la noche terrible. En él, un viejo con polainas y pelliza de astracán, anda inclinado, mientras llueven los peces, como antes caían las gotas o el granizo. Hay cerca una casa de madera; esas casas de madera de los Balcanes, que deben haber sido todas cortadas de bosques con osos y miel silvestre. Todavía, por lo alto de los años, el grabado tiene la emoción de un acuarium, de esa hora feroz de los acuariums cuando se apaga la luz de las visitas y la oscuridad resucita los instintos, las luchas, los ciclos evolutivos, en toda su bárbara intensidad vital.
Otras lluvias estrambóticas en el índice: las de ranas, las de sapos, «semillas de sapos», como nos descubre Feijóo. Más modesto, aún soy joven, vi en Rascafría, cuando pequeño, un breve aguacero de renacuajos. Tuve algunos en mis manos, viscosos y engarabitados como almejas.
Estas lluvias sí tienen una fácil solución científica. Una tromba marina chupa del océano y luego escupe lejos. Naturalmente, la tromba puede abatirse también encima de un lago interior o de un arroyo donde se incuban ranas.
La mejor demostración nos ha sido dada no hoy, que no vale, sino hace muchos años, cuando la gente temblaba y los astrólogos sumaban cifras después de cada lluvia exótica. Es en el libro de D. Ginés de Rocamora y Torrano, regidor de la ciudad de Murcia y procurador de Cortes por ella y su reino. Se llama «Sphera del Universo». Fue publicado por Juan Herrera cuando corría el año 1599. Lo tengo en mi biblioteca junto al Lunario de Cortes y por ahí se van, en mi cariño, un cariño especial y sin razón, para determinados libros. Cito íntegro el capítulo, por una sola vez: «El agua de las fuentes toma el sabor y color de las tierras por donde pasa. Así, tambien los vapores toman el color de las tierras de donde salen. Y si la tierra es bermeja, como almagrales, subiran dellas vapores colorados, y el agua que de ellos cayere será como sangre. Y si fueren tierras aceytosas, como gradales, lo que de ellos lloviera, será como azeyte. Y si fueren las tierras blanquizas y viscosas, caeran las aguas del color de la leche. Otras veces suben exhalaciones secas: y estando en lo alto, apretadas de la agitación de los vientos, suelen caer hechas tierras. Y lo mismo puede suceder cuando hay controversia de vientos, que causan grandes polvaredas; y en sosegando el tiempo, vuelve a caer el polvo que subió. Y así no es milagro, sino obra natural, llover leche, sangre, azeyte y tierra. También suele llover sapos o ranas, los cuales, así como de la putrefacción del calido y humedo, se suelen engendrar en la tierra, tambien por la misma razón se engendran en la media region del aire.»
Por lo visto, el aire debe ser buen aficionado a los transportes excéntricos. Si hacemos caso a los textos, en el año de 1685 los monzones trajeron sobre las selvas de las Indias Orientales diversos objetos metálicos. Rumfio, grave historiador de la Compañía Holandesa de Oriente, hizo llevar para las vitrinas de Amsterdam, dentro del equipaje de Mentzelio, médico del elector de Brendemburgo, una espátula de bronce con cerca de 11 onzas, «que decía haber visto caer de las nubes una tempestad».
En fin, cuando no son espátulas de bronce, son mondas y lirondas. armónicas y diáfanas, pero capaces de reventar un cristal o hacerle un agujero a la teja más firme.
Un copo de nieve es una serie de estrellas de nieve soldadas por el agua. El copo suele alcanzar concreciones especiales y entonces tenemos el granizo, redondo y duro como un alverjón. El granizo, si quiere, puede vestir capa de hielo, y la capa ser gruesa, demasiado gruesa. Entonces sufrimos el pedrisco, como garbanzos cuyos dedos han tamborileado los cristales de todas las casas. Si el granizo aumenta, a costa de las capas de hielo, el pedrisco es pedrea. En Andalucía, hace unos años, tuvimos una con granizo como bolas de alcanfor; Joaquín Fletchner nos confiesa haberlos visto, gordos como huevos de paloma o de gallina primeriza. En Viena, en los principios del 1800, quedaron más de 100 kilos de hielo sobre metro cuadrado, después de una tempestad.
Claro que no es preciso que sea granizo para que caigan piedras. Guardo la siguiente nota de un periódico del XIX, casi con el siglo a cuestas: «Las cartas del Brasil –dice la nota más o menos– hablan de la aparición de un meteoro. Se vio a la distancia de 60 leguas, en la provincia de Cure, y en los alrededores de Macao, estallar con un rugido como el trueno y esparcir piedras a más de 50 kilómetros a la redonda. La mayor parte cayó a la orilla del río, y en varios sitios atravesó las casas y se clavaron algunos pies en la arena. No pereció ninguna persona, pero muchas reses vacunas murieron, y otras, quedaron gravemente heridas. El peso de las piedras que se han extraído de la tierra es de una a 80 libras.»
Lo peor, sin embargo, es cuando llueven gases asfixiantes. Un día, en un valle del Mosa, cerca de Bruselas, aparecieron envenenadas 63 personas, amén de muchas graves. Los detectives volaron sobre el valle y cada sabio dio a conocer su hipótesis personal. Sólo la meteorología supo explicar el fenómeno claramente. Sobre el Mosa habíase estacionado una gran masa de aire frío; contra ella subió aire caliente y húmedo. El resultado fue una espesa, opaca niebla, durante varios días. La niebla quieta, cada hora más pesada, actuó como de cierre del valle. Mientras tanto, los gases y los residuos de la combustión de las fábricas, sin posible salida, se acumularon de tal forma, que envenenaron como los gases de la guerra. Un periódico de París tituló así la información del caso: «El crimen de la niebla.» Podía ser muy bien el título para una novela policíaca, pero es sólo el capítulo de uno de los numerosos y continuos casos de la meteorología.
¿Acaso es una de estas lluvias sorprendentes el fuego que salta de puntillas todas las tardes en Laroya? ¿Acaso una simple lluvia de petróleo, de tierra almagrera o aceitera, mi querido regidor de Murcia?
¡Ah! ¡Qué demonios sabemos! El fuego sigue, juega que te juega a los duendes en Laroya, y nosotros seguimos, dale que te dale, con las fábulas y con las disquisiciones antiguas.